¿Qué hacemos con la tierra que sobra en una obra de jardinería?

Es una de esas preguntas que nadie se hace al principio del proyecto y que todo el mundo se hace a mitad de obra, normalmente delante de un montón de tierra que no sabemos dónde meter. Y casi siempre la respuesta es la misma: un camión, un vertedero y una factura que no estaba prevista (o que estaba, pero escondida en alguna partida que nadie miró con calma).

La tierra es, posiblemente, el material que más movemos en una obra de espacios verdes. Y paradójicamente es el que menos cuidamos. Excavamos, la sacamos fuera y luego compramos tierra vegetal nueva para volver a rellenar. Visto así, en frío, no tiene mucho sentido.

La capa de arriba vale oro

Los primeros 20 o 30 centímetros de suelo son los que tienen la vida: materia orgánica, hongos, bacterias, semillas, raíces. Esa capa tarda décadas (a veces siglos) en formarse y la podemos destrozar en una mañana con una retroexcavadora si no tenemos un poco de cuidado.

Lo que proponemos en nuestras obras es bastante sencillo:

  • Retirar la tierra vegetal antes de empezar con el movimiento de tierras general, y hacerlo por separado.
  • Acopiarla en cordones de poca altura (no más de 1,5 – 2 metros), para que no se compacte ni pierda la vida que tiene dentro.
  • Ubicar el acopio lejos de las zonas de paso de maquinaria y de los acopios de hormigón, gravas o cualquier cosa que la pueda contaminar.
  • Si la obra va a durar meses, sembrarla con una mezcla de leguminosas o cubrirla. Así no se erosiona con las primeras lluvias y, de paso, la mantenemos viva.
  • Volver a extenderla al final, en las zonas de plantación.

No es ninguna tecnología nueva. Los agricultores lo han hecho siempre. Lo que pasa es que en obra vamos con prisas y lo que no está en el plan de obra, no se hace.

Diseñar para no sacar tierra

La otra mitad del problema se resuelve antes, en el proyecto. Si cuando se definen las cotas del jardín se tiene en cuenta el volumen de tierra que se va a excavar, se puede buscar un balance de tierras lo más cercano a cero: lo que sale de un sitio se usa en otro. Un pequeño montículo, un talud suave, un cambio de nivel que además da juego paisajístico…

Muchas veces una modificación de 30 o 40 centímetros en una cota evita decenas de camiones. Menos camiones significa menos coste de transporte, menos canon de vertedero, menos emisiones y menos tierra nueva que comprar. Todo suma en la misma dirección, que no siempre pasa.

¿Y si la tierra no sirve?

Pasa. A veces la tierra de la excavación es arcillosa, pobre o está llena de restos de obra. Antes de darla por perdida, vale la pena preguntarse:

  • ¿Se puede mejorar mezclándola con compost? (Muchas veces sí, y el compost puede venir de los restos de poda de la zona.)
  • ¿Sirve para rellenos, bases o zonas donde no se va a plantar?
  • ¿Hay otra obra cerca que la necesite?

Este último punto parece una tontería pero no lo es. Hay más intercambio de tierras entre obras del que pensamos, y casi siempre se hace por contactos, llamadas y favores. Si se planificara un poco mejor (y si las administraciones lo facilitaran), se podría hacer mucho más.

Lo que no se mide, no se mejora

Un consejo práctico: apunta los metros cúbicos. Cuánta tierra vegetal se ha recuperado, cuánta se ha reutilizado en la obra y cuánta ha salido. Primero, porque te ayuda a ver dónde se puede mejorar en la siguiente. Y segundo, porque cada vez más pliegos de licitación y certificaciones piden justamente eso: datos.

Al final, gestionar bien la tierra no es solo una cuestión ambiental. Es una cuestión de sentido común y de números. Y cuando las dos cosas van de la mano, no hay mucho que discutir.

Si estás preparando un proyecto de espacios verdes y quieres darle una vuelta al movimiento de tierras desde el principio, no dudes en ponerte en contacto con nosotros.

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